Carolina Espinoza Cartes
Universidad Nacional de Educación a Distancia, UNED. ESPAÑA
carolespinoza@fsof.uned.es, https://orcid.org/0000-0003-3172-5306
Cómo citar: Espinoza Cartes, Carolina. 2026. “Entre utopía y exilio: el cuerpo errante como espacio de memoria y posibilidad”. Revista de Estudios Utópicos REUTOPIA, 2(3), 70, https://doi.org/10.3989/reutopia.2026.2.3.70.
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La exposición El cuerpo errante: exilio español, 1939–1975 propone una reflexión sobre la experiencia del exilio republicano español a partir de una premisa fundamental: el cuerpo como espacio donde se inscriben la memoria, la afectividad y la historia. Lejos de limitarse a reconstruir el exilio como un acontecimiento político o como un episodio cerrado del pasado, la muestra desplaza la mirada hacia las dimensiones sensibles y materiales de la experiencia del destierro, entendiendo que los procesos históricos también se sedimentan en objetos cotidianos, gestos mínimos y prácticas de memoria que atraviesan la vida diaria de quienes fueron expulsados de su lugar de origen.
La exposición se sitúa en una intersección productiva entre memoria histórica, práctica artística y reflexión crítica sobre la movilidad forzada. A través de materialidades como cartas, fotografías, objetos domésticos, prendas de vestir, juguetes o grabaciones sonoras, la muestra reconstruye fragmentos de vidas atravesadas por el desarraigo, al tiempo que pone en evidencia cómo los cuerpos desplazados desarrollaron estrategias de continuidad afectiva y cultural en contextos marcados por la pérdida, la vigilancia y la exclusión. En este sentido, El cuerpo errante puede entenderse también como un dispositivo de reflexión sobre el vínculo entre exilio y utopía. La historia del exilio republicano ha estado marcada por una profunda tensión entre la experiencia distópica de la expulsión —la violencia política, la ruptura biográfica, la pérdida de la patria— y la persistencia de horizontes utópicos vinculados a la memoria, la dignidad y la reconstrucción de comunidad. Tal como señalaron numerosos intelectuales del exilio, desde María Zambrano hasta Max Aub o Paulino Masip, el destierro no supuso únicamente una experiencia de pérdida, sino también un espacio desde el cual imaginar otras formas de vida, de convivencia y de pertenencia.
Esta vinculación entre desplazamiento y pensamiento utópico ha sido explorada por distintas miradas. En The Principle of Hope, Ernst Bloch concibe la utopía no como un proyecto abstracto situado en un futuro distante, sino como un impulso que emerge de la carencia y de la experiencia de no sentirse plenamente “en casa” en el presente. Su noción del Noch-Nicht-Sein —el “todavía-no-ser”— describe precisamente esa dimensión anticipatoria del pensamiento utópico que surge cuando el mundo existente se percibe como incompleto o insuficiente. Desde este enfoque, la experiencia del exilio puede interpretarse como una forma radical de ese desajuste con el presente que, paradójicamente, abre un horizonte de imaginación y posibilidad.
Desde la antropología, Lisa Malkki ha mostrado cómo las poblaciones desplazadas no solo experimentan la pérdida del territorio, sino que elaboran complejas narrativas históricas y cosmologías morales que reconfiguran la relación entre identidad, memoria y pertenencia. En su estudio sobre refugiados hutu en Tanzania, Malkki observa que el exilio puede convertirse en un espacio donde se rearticulan imaginarios colectivos sobre el pasado y el futuro de la comunidad. Lejos de reducirse a una condición puramente victimaria, el desplazamiento se convierte así en un terreno donde se producen relatos de sentido, genealogías de memoria y horizontes de restitución política.
La figura del exiliado ha sido interpretada asimismo como una posición intelectual particularmente fértil. En su ensayo Reflections on Exile, Edward Said describió el exilio como una condición caracterizada por la fractura entre el individuo y su lugar de origen, pero también como una perspectiva crítica desde la cual cuestionar las narrativas culturales y políticas dominantes. El exiliado vive en un estado permanente de desajuste respecto a cualquier identidad fija, y precisamente esa distancia le permite imaginar otras configuraciones posibles del mundo social.
Hannah Arendt reflexionó también sobre la condición de los refugiados y los apátridas en el siglo XX como una situación límite en la que los individuos pierden incluso lo que denominó “el derecho a tener derechos”. En The Origins of Totalitarianism, Arendt mostró cómo la pérdida de pertenencia a una comunidad política revela la fragilidad de las categorías modernas de ciudadanía, nación y soberanía. Sin embargo, esta misma ruptura también pone de manifiesto la necesidad —y la posibilidad— de imaginar nuevas formas de comunidad política más allá de las estructuras tradicionales del Estado-nación.
En este marco conceptual, el término “cuerpo errante” que articula la exposición condensa la ambivalencia entre pérdida y posibilidad que atraviesa la experiencia del exilio. Por un lado, remite a la dimensión material del desplazamiento: cuerpos que atraviesan fronteras, que habitan territorios de tránsito y que experimentan las marcas físicas y afectivas del desarraigo. Por otro, señala una dimensión simbólica y política en la que la errancia se convierte en un lugar de memoria, imaginación y resistencia. En la reflexión de María Zambrano sobre la “razón poética”, por ejemplo, el exilio aparece como un espacio donde el pensamiento se abre a nuevas formas de sensibilidad y de comprensión del mundo. Del mismo modo, en la escritura de León Felipe o Max Aub, la experiencia de la errancia se convierte en una forma de preservar la voz y la memoria frente a las tentativas de borrado histórico.
La propuesta curatorial de El cuerpo errante, comisariada por los antropólogos Julián López García y Jorge Moreno Andrés, se inscribe en esta línea al situar en primer plano lo aparentemente menor: cartas guardadas durante décadas, prendas de vestir que acompañaron largos viajes, juguetes que evocan infancias interrumpidas o muebles que atravesaron continentes. Estos objetos, muchas veces conservados en cajones, baúles o desvanes, se revelan como auténticos archivos afectivos del exilio. En ellos se condensan historias de pérdida, pero también formas de resistencia cotidiana y de transmisión intergeneracional de la memoria. La exposición desplaza el foco desde los grandes relatos políticos hacia lo que podría denominarse una “microhistoria del destierro”: un entramado de experiencias singulares donde la memoria individual se entrelaza con la memoria colectiva. Desde esta perspectiva, los objetos no solo remiten al pasado, sino que funcionan como nodos dentro de una constelación de relatos capaces de iluminar tanto la experiencia histórica del exilio como las dinámicas contemporáneas de movilidad, migración y diáspora.
De esta manera, El cuerpo errante no se limita a reconstruir un episodio histórico, sino que propone una reflexión más amplia sobre las políticas del cuerpo, las fronteras y las formas de imaginar comunidad en contextos de desplazamiento. Al poner en diálogo el exilio republicano con problemáticas contemporáneas —las migraciones forzadas, las desigualdades en el derecho a la movilidad o las dinámicas de exclusión—, la exposición invita a pensar cómo los cuerpos desplazados se convierten también en lugares desde los cuales se proyectan nuevas formas de imaginación política.
La muestra funciona como un dispositivo crítico para abordar el binomio exilio–utopía: no como términos opuestos, sino como dimensiones entrelazadas de una misma experiencia histórica. En esta entrevista, los comisarios de El cuerpo errante reflexionan sobre los fundamentos conceptuales del proyecto, los criterios curatoriales que guiaron la selección de materiales y el modo en que la exposición dialoga con debates contemporáneos en torno al cuerpo, la movilidad, la memoria y las formas de imaginar comunidad desde la experiencia del exilio.
CEC: ¿Cómo se construye conceptualmente la noción de “cuerpo errante” en la exposición y qué tradiciones teóricas sostienen su esencia?
JLG: Alude a la experiencia del exilio español (iniciado en 1939), configurando una forma de habitar el mundo caracterizada por el desarraigo, la pérdida de la patria y la necesidad de cargar con los recuerdos. María Zambrano, una de las referentes teóricas de la exposición, transforma este dolor en una “razón poética”, donde el cuerpo, lejos de ser solo un ente físico, se convierte en el lugar de la memoria, la experiencia sensible y la resistencia: el cuerpo errante es materia y símbolo. León Felipe, que ha sido otro de nuestros referentes, consideraba que el ser errante del español exiliado no implicaba perder la propiedad de la voz antigua de la tierra, como decía en su famoso poema: “Franco, tuya es la hacienda,/ la casa,/ el caballo/ y la pistola./ Mía es la voz antigua de la tierra./ Tú te quedas con todo y me dejas desnudo/ y errante por el mundo…/ Mas yo te dejo mudo…¡mudo!/ Y ¿cómo vas a recoger el trigo/ y a alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción?”. Y también nos han acompañado, Paulino Masip y Max Aub. Pero el fondo narrativo que sustenta esta exposición procede de las expresiones de la vida errante y el sentimiento de errancia de muchas personas anónimas que son los verdaderos referentes de la exposición.
CEC: ¿En qué sentido la errancia del cuerpo es presentada como una condición estructural del presente y no únicamente como una experiencia excepcional o marginal?
JLG: Yo creo que hay situaciones históricas, políticas, vinculadas a la edad y, desde luego también al género, que determinan énfasis u obligación de errancia o de enraizamiento. La errancia del exilio, el desarraigo, no se puede relacionar con las errancias por elección, en algún sentido románticas, que configuran en buena medida la cotidianeidad contemporánea, pero sí tiene mucho que ver con otras diásporas contemporáneas motivadas por conflictos bélicos, por crisis ambientales o por falta de perspectivas laborales. También se podría vincular en pequeña escala con la volatilidad a la que se ven obligados muchos jóvenes por no tener casa fija, trabajo fijo o relaciones sentimentales fijas. Por otro lado, se puede afirmar que muchas errancias actuales de las sociedades occidentales están motivadas por pulsiones hacia el logro inmediato y por el fin de una cultura de la espera y del modelado paciente del futuro. El wanderlust como síndrome de la modernidad, la necesidad de huir de la rutina y viajar constantemente, se ha convertido en un estilo de vida que puede venderse como deseo de aventura y expresión de libertad, en realidad se trata con frecuencia de una manifestación de inestabilidad y desubicación.
Imagen 1: Imagen de la exposición El cuerpo errante en Casa de América, Madrid, en un momento de la visita guiada.
Autor: Ivan Vilchis.
CEC: ¿Qué relaciones establece la muestra entre cuerpo, movilidad y poder en el contexto de las dinámicas contemporáneas de control, frontera y exclusión?
JMA: La exposición El cuerpo errante propone pensar el exilio no solo como un desplazamiento territorial, sino como una experiencia profundamente corporal atravesada por relaciones de poder. A través de cartas, fotografías, objetos domésticos, prendas, audios y documentos personales, la muestra pone de relieve cómo los cuerpos de quienes fueron expulsados de España tras la Guerra Civil quedaron sometidos a distintas formas de control, vigilancia y exclusión que condicionaron su movilidad, su comunicación y su vida cotidiana.
En este sentido, la exposición plantea que el poder no se ejerce únicamente a través de fronteras físicas, sino también mediante dispositivos que regulan la circulación de palabras, afectos y recuerdos. La correspondencia entre familiares separados por el exilio revela cómo la censura, la distancia y el miedo atravesaban las formas de escritura, obligando a desarrollar estrategias de comunicación indirectas o cifradas. La frontera aparece así como una estructura que no solo delimita territorios, sino que se inscribe en los cuerpos y en los modos de relación.
Al mismo tiempo, la exposición muestra cómo los cuerpos exiliados generan formas de resistencia y de recomposición de la vida a partir de lo cotidiano. Los objetos conservados —ropa, fotografías, muebles o pequeñas reliquias domésticas— funcionan como extensiones materiales de la memoria y como soportes de continuidad frente a la ruptura que implica el destierro. En estos elementos aparentemente menores se manifiesta la persistencia de vínculos familiares, afectivos y culturales que desafían las lógicas de borrado impuestas por la violencia política. Desde esta perspectiva, El cuerpo errante establece un diálogo con problemáticas contemporáneas relacionadas con la gestión de las fronteras, la desigual distribución del derecho a la movilidad y la producción de sujetos excluidos. Al situar el exilio republicano en el centro de la reflexión, la exposición invita a comprender que las dinámicas actuales de control y exclusión tienen genealogías históricas profundas y que, en última instancia, toda política de frontera es también una política que actúa sobre los cuerpos.
CEC: ¿Puede entenderse El cuerpo errante como un dispositivo crítico que cartografía formas actuales de desplazamiento —migración, exilio, diáspora— desde una perspectiva estética y política?
JMA: Desde luego la errancia del exilio español ayuda a pensar otros desplazamientos motivados por situaciones políticas en la actualidad. La base expositiva centrada en pequeñas cosas de los exiliados ayuda de manera impecable a meterse en esos cuerpos heridos y a pensar desde ahí en daños y traumas de carácter global que son universales. Por eso la aproximación emotiva a esta exposición ha sido más fácil no solo por familiares de exiliados españoles o por quienes han vivido o han estado cerca del exilio interior, sino también por aquellos y aquellas que han sufrido otras expatriaciones o vivido situaciones de migración.
CEC: ¿Cómo se articula en la exposición la vulnerabilidad del cuerpo con imaginarios utópicos, distópicos o antiutópicos del mundo contemporáneo?
JLG: La muestra utiliza objetos de vida cotidiana, cartas y otras materialidades especialmente connotadas y testimonios para reconstruir la experiencia de los exiliados, convirtiendo la fragilidad física y emocional en un relato de resistencia.
La exposición contiene cartas, fotografías cosidas, medallas ocultas, juguetes desconchados y amputados de los exiliados, revelando la fragilidad de estas personas y el trauma del desarraigo porque en esas materias y testimonios se condensa la utopía. Esa densidad sentimental hace más fácil entender la distopía franquista: un mundo impío, sin fraternidad, deshumanizado.
El cuerpo errante culmina en una representación del “desván del exiliado”, reuniendo objetos, canciones, espacios de vida y texturas de la tierra de acogida y la patria perdida. El cuerpo errante se convierte en un espacio donde coexisten la utopía de memoria, donde la dignidad se mantiene a través de la identidad preservada y la distopía en la España franquista expresada por Max Aub cuando llega a España en 1969 “soy un turista al revés, vengo a ver lo que ya no existe”, o mejor aún en la frase archirrepetida por el escritor: “he venido, no he vuelto”.
Imagen 2: Imagen de la exposición de 1.500 cartas que María Fernández Grandizo escribió a su hijo exiliado en México.
Autor: Javier de Paz García.
CEC: Desde el marco de los estudios utópicos, ¿la errancia aparece como una figura de pérdida del arraigo o como una condición de posibilidad para nuevas formas de comunidad y de lo común?
JLG: La utopía generalmente se ha pensado lejos del aquí y del ahora, por tanto, se ha concebido lejana a un tipo de arraigo, podríamos decir provinciano, conservador, para manifestarse universalmente desubicado. Evidentemente las deconstrucciones a las que lleva el desarraigo pueden ser aniquiladoras o generativas. Por un lado, el movimiento tiene una tremenda potencia genésica, como se ha estudiado por parte de la sociología y la antropología respecto a la acción creativa del caminar, por ejemplo, en las reflexiones de De Certau o de Le Breton. Evidentemente no tiene nada que ver la errancia, el movimiento, el caminar deseado y creativo con la errancia impuesta, provocada. El sujeto expulsado del paraíso construye su vida sobre la ausencia, sobre el pasado; quien busca el paraíso orienta su vida hacia el futuro. Para quienes vislumbran la utopía, el espacio se re-encanta en movimiento en tanto tiene la potencia y la libertad creativa impulsada por el deseo, lejos de los estatismos que se pregonan desde el poder, desde todos los poderes que tienden al inmovilismo. Para quienes han dejado atrás la utopía el movimiento, la errancia, tiene un claro componente penoso porque les aleja del deseo acariciado y les alimenta la nostalgia.
Paulino Masip, como decíamos uno de los referentes de nuestra exposición, decía desde México que “Para que España viva –en el exilio-, hay que cuidar su alma (…) ¿Qué es lo que ha quedado allá? ¿Qué es lo que ha venido con nosotros? Allí quedó el cuerpo físico de España; nosotros nos trajimos su alma, su espíritu. De nosotros depende, pues, que España viva o muera”.
CEC: ¿Qué tensiones emergen en la curaduría entre cuerpos históricamente situados y cuerpos concebidos como construcciones simbólicas?
JLG: La exposición, articula su discurso a través de la tensión entre la experiencia física y material del exilio y su representación simbólica. Aparece lo cotidiano frente a lo político; la exposición tensiona la “pequeña historia” —objetos personales, cartas, muñecas, ropa, libros escolares, recetas de comida— con el gran relato político de la Guerra Civil y el Franquismo. Se busca mostrar cómo los cuerpos situados (personas reales en contextos concretos) vivieron la política a través de la precariedad de sus objetos cotidianos, convirtiendo estos objetos en materias de resistencia; las pequeñas cosas que algunas de las familias guardaron en el interior de los armarios, en el fondo de los baúles, en el doblez de los cajones o en lo profundo de los bolsillos nos hablan del esfuerzo por mantener el espíritu y el ideario de vidas arrebatadas. Así se agiganta lo pequeño, como hemos titulado una de las piezas, “miniaturas gigantes”, expresando con ese oxímoron el valor terapéutico y político de unas muñequitas que hizo en prisión Matilde Landa para su hija Carmen López y que viajaron por los diferentes exilios con Carmen y le dieron vida y esperanza.
CEC: ¿Qué papel juegan los objetos en esa construcción?
JLG: Se trata no solo de huellas materiales contra el olvido sino, además, materias que tienen una tremenda fuerza genésica, creativa. Conectan sí, con el pasado; pero orientan y allanan el camino hacia el futuro. Lo pequeño, lo roto, lo desgastado contradictoriamente reluce. Y en nuestra muestra se anima al visitante, para que viva ese resplandor y para ello tiene que desvelar secretos, transitar fronteras, abrir armarios, cruzar habitaciones, atravesar correspondencias y seguir el canto de una voz que ilumina los cuerpos errantes, de manera que la visión conjunta de todos esos pequeños objetos que descubre, que toca, que siente, se convierte en una constelación de estrellas, de tesoros, dando sentido a otra de las frases emblemáticas de María Zambrano: “Hay imágenes que presiden la memoria como centros luminosos, como astros que, si se agruparan, formarían algo así como una constelación”.
Imagen 3: Juego de postales enviadas a la radio La Pirenaica por exiliados españoles.
Autor: Jorge Moreno.
CEC: ¿De qué modo las obras seleccionadas cuestionan las normatividades que definen y regulan los cuerpos en términos de género, nación o legalidad?
JMA: Las obras reunidas en El cuerpo errante cuestionan las normatividades que históricamente han definido quién pertenece a una nación, quién puede circular libremente y qué cuerpos son reconocidos como legítimos dentro de un orden político. A través de materiales personales —cartas, fotografías, prendas, muebles u objetos cotidianos— la exposición muestra cómo el exilio desestabiliza esas categorías aparentemente estables y revela su carácter construido. En primer lugar, las piezas evidencian cómo la nación moderna se ha definido mediante fronteras que no solo separan territorios, sino también cuerpos. El exiliado aparece como un sujeto situado en un espacio ambiguo: fuera de la comunidad política de origen y, al mismo tiempo, no plenamente integrado en el país de acogida. Esta condición cuestiona la idea de una identidad nacional fija, mostrando que la pertenencia es siempre frágil, negociada y atravesada por relaciones de poder.
La exposición también permite observar cómo estas normatividades afectan de manera específica a las mujeres. Muchas de las historias presentes —en particular las vinculadas a la correspondencia familiar y al cuidado de los vínculos a distancia— muestran el papel central que desempeñaron en la preservación de la memoria y la continuidad afectiva del exilio. Al mismo tiempo, revelan cómo sus cuerpos y sus vidas quedaron inscritos en expectativas de género que condicionaban su movilidad, su voz pública y sus formas de participación política. Por otra parte, los documentos y objetos reunidos cuestionan las categorías jurídicas que distinguen entre ciudadanos, refugiados o extranjeros. Las trayectorias vitales que aparecen en la muestra muestran que estas categorías rara vez reflejan la complejidad real de las vidas desplazadas. Frente a esas clasificaciones administrativas, las obras restituyen historias singulares que hacen visible la experiencia humana del desarraigo. De este modo, El cuerpo errante no solo recuerda un episodio histórico, sino que pone en evidencia cómo las normas que regulan los cuerpos —en términos de nación, género o legalidad— pueden ser problematizadas cuando se observan desde la experiencia del exilio.
CEC: ¿Qué criterios curatoriales se adoptaron para evitar la estetización del sufrimiento corporal y del desplazamiento forzado, sin neutralizar su potencia crítica?
JMA: En nuestra exposición el testimonio, las pequeñas materialidades connotadas llevan a sentir y a ponernos en lugar de quienes sufrieron la represión evitando la simple visualización de la violencia acercándola sentimentalmente. Para no caer en la estetización y mantener la potencia crítica, hemos trabajado priorizando la voz y la narrativa de las víctimas, centrando el foco en la experiencia vivida más que en la representación gráfica del dolor; hemos usado “el arte” como un elemento de “interferencia” frente a las narrativas hegemónicas… en definitiva en el diseño de la exposición se adopta un enfoque entre lo documental y lo poético que busca la injerencia en lugar de la contemplación pasiva, forzando al espectador a una reflexión política sobre el desplazamiento provocado, la expulsión como castigo.
CEC: ¿Cómo dialoga la exposición con genealogías artísticas que han pensado el cuerpo como territorio de conflicto, memoria y proyección utópica?
JMA: La exposición dialoga con genealogías artísticas que han entendido el cuerpo como archivo, herida y promesa. Lo hace, en primer lugar, alejándose de una representación monumental del exilio para situar la memoria en la escala de lo íntimo: cartas, postales, prendas, grabaciones, muebles y pequeños objetos que conservan la huella material de vidas desplazadas. En esa elección resuena una tradición artística y crítica que ha pensado el cuerpo no como forma cerrada, sino como territorio atravesado por la historia, por la violencia política y por los afectos. La exposición se inscribe también en una genealogía donde memoria y conflicto aparecen ligados a la fragmentación, al resto y a la supervivencia. Los materiales reunidos no hablan de cuerpos heroicos, sino de cuerpos separados, vigilados, censurados o ausentes, cuyos rastros persisten en escrituras entre líneas, en voces grabadas, en tejidos de memoria sostenidos muchas veces por mujeres, o en objetos guardados durante décadas en cajones, maletas y desvanes. De este modo, la muestra comparte afinidades con prácticas artísticas que han trabajado sobre el archivo, la oralidad y la materialidad de la ausencia como formas de restitución simbólica. Pero El cuerpo errante no se limita a activar una memoria del daño. También proyecta una dimensión utópica: la posibilidad de recomponer mundos a partir de fragmentos. El desván mestizo donde conviven acentos, geografías y tiempos distintos, o el coro de voces que atraviesa postales y canciones, sugieren que del exilio no surge solo pérdida, sino también una nueva manera de estar en el mundo. En ese punto, la exposición enlaza con aquellas genealogías artísticas que han pensado el cuerpo como lugar de duelo, sí, pero también de imaginación política, transmisión y porvenir.
CEC: ¿Consideran que El cuerpo errante propone formas de imaginación política alternativas frente a los discursos hegemónicos sobre identidad, pertenencia y estabilidad territorial?
JLG: Centrar la exposición en la visión, la vida, las emociones y la memoria de los vencidos lleva evidentemente a poner el foco en relatos antihegemónicos sobre identidades, no solo nacionales sino también de clase, de generación y de género. Obviamente la patria española que emerge desde los exilios interior y exterior es una muy diferente a la oficial franquista, pero también se diluye el discurso hegemónico del poder, de cualquier tipo de poder, cuando vemos cómo unos pequeños y sencillos relatos de grupos subalternos emergen como constelaciones de estrellas y colonizan imaginarios y cuando damos voz preferentemente a mujeres pues, como decimos en la exposición, “La memoria familiar es una artesanía elaborada generalmente por mujeres, una forma de cuidado que se expresa en la transmisión de pequeñas historias. Los recuerdos que ellas transmiten se sostienen sobre los hilos sutiles pero estables de esos tejidos que fueron uniendo generaciones”.
CEC: Desde vuestra experiencia curatorial, ¿qué papel puede desempeñar hoy la práctica expositiva crítica en la construcción de horizontes utópicos?
JMA: Desde nuestra experiencia curatorial reflejada en la exposición “El cuerpo errante: exilio español 1939-1975” pero también en “El cuerpo ausente: tantas? formas de despedirse, tantas formas de pervivir” podemos exponer el sufrimiento social no solo para entenderlo más y mejor, sino también para interpretarlo como un dispositivo de producción de sentido, laboratorio de futuros posibles y contrapunto ante las crisis sistémicas actuales. Por eso la atención que hemos prestado en el montaje a sentimientos y preguntas intergeneracionales, interculturales. Así la exposición rompe el “sentido común” y visibiliza lo silenciado, cuestionando narrativas hegemónicas. Actúa como un espacio para repensar relaciones sociales y políticas que en algún momento y en algún lugar se asumieron como “naturales”, permitiendo descentrar el poder y explorar alternativas de convivencia. Teniendo en mente a la gente joven, muy presente en nuestra propuesta expositiva (y a la que hemos dedicado muchas visitas guiadas), llevamos a repensar el pasado y a re-imaginar el futuro. En fin, en nuestra acción curatorial hay guiños a favor de la acción y de la imaginación que conecta la sensibilidad artística y emocional con la necesidad de cambio hacia una sociedad mejor y mayormente integrada.
Imagen 4: Imagen de la exposición con los curadores y asistentes en Casa de América, Madrid.
Autor: Ivan Vilchis.
Arendt, Hannah. The Origins of Totalitarianism. New York: Harcourt, Brace & Company, 1951.
Aub, Max. La gallina ciega: Diario español. México: Joaquín Mortiz, 1969.
Bloch, Ernst. The Principle of Hope. Cambridge: MIT Press, 1986.
De Certeau, Michel. The Practice of Everyday Life. Translated by Steven Rendall. Berkeley: University of California Press, 1984.
Felipe, León. Ganarás la luz. México: Editorial Séneca, 1947.
Le Breton, David. Éloge de la marche. París: Métailié, 2000.
Malkki, Lisa. Purity and Exile: Violence, Memory, and National Cosmology among Hutu Refugees in Tanzania. Chicago: University of Chicago Press, 1995.
Masip, Paulino. Cartas a un emigrado español. México: Editorial Séneca, 1945.
Said, Edward. Reflections on Exile and Other Essays. Cambridge: Harvard University Press, 2000.
Zambrano, María. Claros del bosque. Madrid: Siruela, 1991.
Zambrano, María. Delirio y destino: Los veinte años de una española. Madrid: Mondadori, 1989.