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Revista de Estudios Utópicos

2 (3) enero-junio 2026, 75

eISSN: 3101-0180

https://doi.org/10.3989/reutopia.2026.2.3.75

Reseña

La hija del Delta

Alejandra Bruno.

Indómita Luz Editorial 2023. pp. 181

ISBN: 978-987-48544-8-3

Emiliano Abad

Universidad de Coímbra Portugal

En los estudios utópicos contemporáneos, la distopía se ha erigido en una forma privilegiada de diagnosticar el presente. La hija del Delta (2023), de Alejandra Bruno, se inscribe con fuerza en esta tradición, articulando paisaje, catástrofe y subjetividad. La novela propone un escenario postapocalíptico en el Delta del Paraná, un espacio históricamente cargado de significaciones utópicas, marginales y experimentales (González de Oleaga 2024González de Oleaga, Marisa. 2024. El silencio: La Dictadura en el Delta. Madrid: UAM Ediciones.). La novela narra la historia de Julia, una niña que, en medio de la devastación ambiental, emprende una búsqueda de identidad que es también una búsqueda por la condición humana. Nadie se salva solo, un juicio casi tan peligroso como revolucionario, sobre todo en un contexto político cada vez más dominado por los Milei, Kast, Trump y Abascal. Si hay salvación, esa salvación debería ser un gesto común, un gesto de cariño y aproximación, que no puede ser otra cosa que la vuelta a la vida en comunidad.

La genealogía literaria argentina ha reservado en el Delta un espacio narrativo peculiar que se extiende por más de 300 kilómetros hasta desembocar en el Río de La Plata. El Delta ha sido escenario de numerosas proyectos políticos y sociales, a la postre tildados de utópicos, principalmente por el aura derrotista que acompaña al término: esa torpe maldición semántica que confunde fracaso con falta de continuidad (González de Oleaga 2013González de Oleaga, Marisa (ed.). 2013. En Primera Persona. Testimonios desde la Utopía. Barcelona: Ned Ediciones.). La lista es ilustre, así que solo vamos a mencionar al presidente Domingo Faustino Sarmiento, que su Argirópolis de 1850 imaginó instalar la “capital de los estados confederados del Río de la Plata” en la isla Martín García. Así, el Delta hubiera pasado a funcionar como un faro, como el centro político, institucional y administrativo de lo que hoy conocemos como Argentina, Paraguay y Uruguay.

En La hija del Delta, el río se presenta como un espacio indomable, casi infinito, lleno de cañadas, bosques e islotes. En la novela, la geografía funciona como metáfora de un mundo donde las coordenadas históricas y sociales más básicas, casi elementales, han colapsado. En este sentido, el texto dialoga con otra función central de la distopía: no solo imaginar futuros indeseables, sino también describir estados potenciales o latentes del presente. Es decir, la distopía como diagnóstico cultural, como prisma o método para analizar los efectos del capitalismo, las dictaduras y el extractivismo epistémico y natural al que se sigue sometiendo a las poblaciones más vulnerables, muchas de ellas racializadas o directamente herederas de la explotación colonial. En La hija del Delta, la obra sitúa al lector en un escenario donde la catástrofe climática ya ha ocurrido: “el sol quedaba siempre oculto detrás de nubes de hollín y de las sustancias que un tiempo atrás habían matado a casi todas las formas orgánicas del planeta” (Bruno 2023,13).

Este gesto narrativo –eludir la explicación del desastre- no es casual. Como en muchas ficciones postapocalípticas contemporáneas, el evento catastrófico funciona menos como objeto de explicación que como condición de posibilidad del relato. Aquí podríamos rebatir –o, mejor dicho, complementar- a Connor Pitetti, para quien.

In many contemporary texts, cataclysmic events are used to give structure to the otherwise chaotic and incomprehensible experience of history. Presented as abrupt ruptures or pivots between old and new worlds, these events frame a series of clearly defined moments or epochs, and such narratives thus evoke ideas of a coherent process of historical development (Pitetti en Kurlat 2025, 3).

Sin embargo, en La hija del Delta ocurre algo distinto. El relato no busca tanto estructurar la historia en torno a un antes y un después claramente delimitados, sino más bien problematizar la continuidad y la indeterminación del tiempo histórico. La ausencia de causas o explicaciones sitúa a la novela en una zona donde la historia parece haber sido suspendida. Las cosas simplemente suceden –y, de hecho, sucedieron-, sin fundamento: sin juicios ni responsables. Este borramiento del pasado –o su reducción a fragmentos de memorias individuales- se conecta con la reflexión de Fredric Jameson sobre el colapso del futuro en las distopías: más que una desaparición efectiva, se trata de una crisis de nuestra capacidad para imaginarlo, ligada a la pérdida de referencias históricas (Jameson 1994Jameson, Fredric. 1994. The Seeds of Time. Nueva York: Columbia Universiy Press.). Y si no hay historia, no hay conflicto; no hay ruido ni disonancia. No solo no hay consecuencias sobre el presente, sino que tampoco hay nada que merezca ser discutido (o, si se quiere, resignificado).

En La hija del Delta, esta crisis se manifiesta de forma casi radical: no hay fechas ni cronologías. No hay ninguna referencia temporal concreta, o al menos no de ese tipo de referencias que asociamos a las convenciones humanas –días, meses, años- o a algunos hechos sociales y políticos de público conocimiento (como, por ejemplo, la crisis argentina de 2001, el atentado de Atocha en España o algo tan aparentemente mundano como un mundial de fútbol). El relato podría situarse en un futuro próximo, en un pasado alternativo o en un tiempo indefinido. Es más, en el texto son varias las referencias a relojes rotos, extraños o que ya no sirven. Esta indeterminación temporal refuerza la idea de que la distopía no es solo proyección, sino también diagnóstico del presente. La ausencia de historia no implica neutralidad, sino la sedimentación de fracasos que aún no han sido elaborados.

Le costaba imaginar el delta verde. Por qué poco ella se había perdido todo eso. Si hubiera nacido unos años antes, podría haber vivido, al menos por un tiempo, en un mundo a color, con frutas, electricidad, ¡con internet! Por más que se lo contaran, sabía que nunca lo entendería del todo. Como si quisieran explicarle a un ciego de nacimiento el rojo o el amarillo de un caramelo (Bruno 2023, 64).

En efecto, Julia vivía sobre las ruinas de un mundo que tampoco podría llegar a entender. ¿El pasado? Gris, amputado.

Esta suspensión temporal se articula con una centralidad espacio que resulta característica de muchas narrativas post-utópicas. Como ha señalado David Harvey (2003Harvey, David. 2003. Espacios de esperanza. Madrid: Akal.), en contextos donde el tiempo histórico pierde coherencia, el espacio gravita hasta volverse casi el único protagonista. En la novela, el Delta funciona como un no-lugar en el sentido más noble del término: un espacio marginal que se convierte en centro, pero no como paisaje o escenario, sino como una agente que hace y actúa, por más que no tenga voluntad ni conciencia (Latour 2005, 63Latour, Bruno. 2005. Reassembling the Social. An Introduction to Actor-Network-Theory. Oxford: Oxford University Press.). Al respecto, cabe destacar que la autora, Alejandra Bruno, también es guionista y diseñadora de videojuegos. La existencia de un juego para consolas basado en La hija del Delta no es anecdótica: sugiere una expansión a otros registros y medios que refuerza la dimensión espacial y exploratoria del texto.

En La hija del Delta, las carencias son materiales, pero también cognitivas y emocionales. La vida, inundada de residuos y fragmentos, se organiza en torno a la supervivencia inmediata. La familia de Julia –padre, madre y hermano- habita un espacio donde hasta el lenguaje se ha reducido a su mínima expresión funcional. La comunicación se limita a lo estrictamente necesario para subsistir. Llevan sombreros, prendas de manga larga y mascarillas de tela que los protegen del aire viciado. Para alimentarse, recurren a lo que pueden encontrar en viviendas abandonadas o a la captura esporádica de algún animal. Da la sensación de que, si pudieran no hablar, si pudieran no abrir la boca más que para comer, no solo no lo harían, sino que tampoco lo echarían de menos. Los cuerpos de los personajes se muestran atravesados por el abandono y la precariedad. La frontera entre lo humano y lo animal se vuelve difusa, como se observa en la descripción de algunos personajes, cuya corporalidad no es muy distinta al de una bestia: “Su barba espesa y la cantidad de pelo en su cuerpo lo convertían en lo más cercano a un animal vivo que Julia había conocido” (Bruno 2023, 15). El colapso del cuerpo social implica también una crisis del lenguaje, y con él, de la imaginación. En este punto, la obra se aproxima a una intuición fundamental de los estudios utópicos: la capacidad de imaginar otros mundos depende de la persistencia de formas narrativas que articulen experiencia y expectativa.

Sin embargo, Julia escribe. Toma notas en una libreta. Describe plantas, semillas y objetos. Este gesto, aparentemente menor, adquiere una dimensión central: la escritura como forma de resistencia frente al colapso de la experiencia. En un mundo donde el lenguaje se ha reducido a herramienta solo dirigida a sobrevivir, la escritura introduce una dimensión reflexiva y una apertura hacia el futuro. Sin ir más lejos, esto podría leerse como una manifestación del “principio esperanza” de Ernst Bloch: una anticipación aún informe, pero persistente, de algo distinto (Rojas 2005Rojas Castillo, John. 2005. “La utopía y su posibilidad en el ‘principio esperanza’ de Ernst Bloch.” Polisemia, 1(1): 110-122.). La figura de Julia encarna así una tensión clave entre distopía y utopía. Por un lado, es “hija del Delta”, es decir, el producto –una forma sin dudas legítima de entender la filiación- de una catástrofe y de un mundo arrasado vaya a saber uno porqué (y ese no es el punto). “Sentada sobre una rama gruesa, contempló el paisaje monocromo, pura tierra arrasada por los fuegos o cubierta de vegetación muerta” (Bruno 2023, 33). Por otro, Julia también es la hija de un paisaje que intenta reconstruirse. “Desde arriba podía apreciar los signos benéficos de la primavera, un ocre apenas verdoso que se extendía en la vastedad arruinada del territorio” (Bruno 2023, 79). Esta doble filiación introduce una dimensión ecotópica en la novela, aunque con leves vicios de ingenuidad: la posibilidad de pensar la regeneración de la naturaleza no solo como proceso biológico, sino como condición para la reconfiguración del cuerpo social. Esta tensión, sutil e imperfecta, abre la posibilidad de pensar la utopía desde la articulación necesaria entre lo humano y lo no humano, introduciendo incluso nuevas temporalidades. No es casualidad, siguiendo esta lógica, que la protagonista sea una niña a las puertas de la pubertad, en pleno proceso de reconfiguración subjetiva.

En el prólogo del libro, Flor Canosa, Juan Mattio y Marcelo Acevedo nos invitan a pensar qué sucedería con las relaciones humanas si desaparecieran los dos grandes organizadores de la vida social moderna: el Estado y el mercado. La respuesta distópica clásica –la guerra de todos contra todos- aparece en la novela, pero no agota su contenido. La pregunta es otra: ¿puede la solidaridad, los gestos más básicos de la vida en común, hacer frente a la lógica de la violencia que implica la ley del más fuerte? En este sentido, La hija del Delta se desmarca de muchas ficciones postapocalípticas que insisten en la inevitabilidad no del conflicto –una ficción ontológicamente imposible, puesto que el conflicto es el cemento de la sociedad (Rancière 2007Rancière, Jacques. 2007. El desacuerdo. Política y filosofía. Buenos Aires: Nueva Visión.)-, sino de la violencia física directa que solo conoce la muerte (o algo todavía peor). Frente a esta hipótesis, la novela introduce pequeñas fisuras. Julia imagina formas de intercambio humano y material no basadas en la fuerza. La insistencia en la vulnerabilidad de los cuerpos –ella misma aparece herida y curada por unos extraños- introduce una dimensión ética que problematiza cualquier celebración evolucionista de la supervivencia del más apto. Así, la obra dialoga críticamente con discursos contemporáneos que, bajo la retórica de la adaptación, naturalizan formas de exclusión, sobre todo de carácter étnico, político y material (curiosamente, en la novela no hay rastros de la diversidad demográfica del Delta, principalmente de comunidades afros e indígenas, herederas de la conquista, el racismo y la trata de personas esclavizadas; ver González de Oleaga 2024González de Oleaga, Marisa. 2024. El silencio: La Dictadura en el Delta. Madrid: UAM Ediciones.). La fuerza imaginativa de Julia, el personaje más joven de todo el relato, puede parecer frágil e insipiente –porque lo es- y, sin embargo, constituye el núcleo utópico del texto.

Ahora bien, en La hija del Delta la violencia se presenta bajo otra forma, bajo el signo de la alteridad: el “otro” como amenaza, el “vecino” como figura inquietante en un sentido casi freudiano. Los encuentros con otros grupos humanos están atravesados por el miedo y la desconfianza. “Nadie ayuda. Afuera hay cazadores o salvajes”, afirma uno de los personajes (Bruno 2023, 20). La dicotomía, casi tan bestial como contingente, vuelve a poner sobre la mesa una especie de estado de naturaleza de raíz hobbesiana. Esta percepción del “otro” como peligro inminente también remite a lo que el padre del psicoanálisis problematizó como la inquietante familiaridad del prójimo: aquello que, aun siendo similar, resulta perturbador (Stavrakakis, 2010Stavrakakis, Yannis. 2010. La izquierda lacaniana. Psicoanálisis, teoría, política. México: Fondo de Cultura Económica.). No obstante, la novela introduce grietas en esta lógica. “¿No pueden ser amigos?, sugirió Julia. Tienen una casa y armas, como nosotros” (Bruno 2023, 46; como si Carl Schmitt hubiera pasado una temporada en el Delta). La pregunta, aunque quizá ingenua, vuelve a desestabilizar la naturalización de la violencia.

La fuerza utópica del texto no se presenta como un programa ni como un proyecto claramente articulado. Julia imagina un mundo anterior que nunca conoció –con frutas, electricidad e internet-, pero lo hace desde la conciencia de que ese mundo es irrecuperable. La nostalgia no se traduce en restauración, sino en interrogación: la duda como única forma de quebrar lo hegemónico. En este punto, la novela dialoga con una de las tensiones centrales del campo utópico contemporáneo: la coexistencia de impulsos regresivos y progresivos en la imaginación social. Como señala Zygmunt Bauman (2017Bauman, Zygmunt. 2017. Retrotopia. Cambridge: Polity Press.), toda utopía contiene un elemento retrotópico, en tanto busca en el pasado las causas de los males presentes y de las posibles alternativas. En La hija del Delta, esta búsqueda se materializa en la indagación de Julia por su propia identidad.

Abajo escribió Julia. Y entonces se dio cuenta de que ella no sabía si Julia era su nombre. ¿Quién se lo había puesto… El no saber la dejó pasmada. Julia, dijo, Julia, pensó. ¿Quién es Julia? ¿Cómo puede ser que yo no sepa si soy yo? (Bruno 2023, 177).

Este desconcierto no es solo individual, sino que también emblemático de una crisis más amplia: la pérdida de los marcos simbólicos que estructuran la identidad. Sin historia, sin genealogía y sin comunidad estable, el sujeto queda suspendido en una especie de presente perpetuo.

El trasfondo semántico de la vida política argentina nos dice que esta pérdida del nombre y la familia puede estar ligado a los desaparecidos de la última dictadura cívico-militar (1976-1983). El argumento es quizá forzado, pero es sin dudas factible, casi por decantación. En este sentido, cabría preguntarse qué implica que un texto abandone la noción misma de historia –dado que, recordemos, la novela prescinde de cronologías o fenómenos políticos explícitos- cuando esta aparece como el resultado lógico de una situación presente percibida no sólo como negativa, sino que directamente catastrófica. En otras palabras, ¿qué significado político tiene un relato que propone una idea de futuro donde la historia termina colapsando sobre sí misma? Hacia el final, la novela introduce un giro que, sin abandonar la ambigüedad, abre una posibilidad utópica. La naturaleza comienza a regenerarse y Julia se reencuentra de alguna forma con su familia (les ahorro el spoiler). Dicho de otra manera, se vislumbra la posibilidad de reconstruir una historia, de recuperar un nombre –una filiación- y, en definitiva, de inscribirse en una genealogía. Esto significa que La hija del Delta también se presenta como una especie de postutopía: un horizonte donde la esperanza coexiste con la conciencia de la pérdida. La regeneración no borra el desastre, pero sí sugiere que algo puede surgir de él.

La imagen de la hortensia –una flor que Julia decide no arrancar, consciente de todo lo que ha sido necesario para que exista- condensa esta sensibilidad. La vida, en su fragilidad, exige cuidado, atención y responsabilidad. La utopía, en este contexto, no es un lugar perfecto, sino una práctica: la capacidad de sostener la vida en condiciones adversas. “Imaginó cómo sería el mecanismo de la flor. Por dentro corría un líquido vital, como corría la sangre en ella misma” (Bruno 2023, 176). En conclusión, La hija del Delta introduce una serie de desplazamientos para nada menores dentro del campo de los estudios utópicos: la centralidad del espacio, la crisis de la historia, la fragilidad del lenguaje y, con todavía más fuerza, la dimensión ecotópica de la regeneración, aunque sin hacer referencia al impulso feroz de la tecnología (y sus dueños). En un momento histórico marcado por la crisis climática, la incertidumbre política y la desarticulación de los horizontes colectivos, la novela funciona como un lugar imaginativo donde se ensayan formas de pensar y sentir más allá del colapso. Si la distopía es un horizonte de posibilidad histórica, La hija del Delta nos recuerda que incluso en los paisajes más heridos y devastados, todavía persiste la posibilidad de imaginar otra cosa. No es poco.

Fuentes de financiación

El trabajo fue posible gracias a una beca postdoctoral de la Agencia Ejecutiva Europea de Investigación de la Comisión Europea (REA), en el marco del proyecto CONCILIARE: Confidently Changing Colonial Heritage (HORIZON-CL2-2023-HERITAGE-01-04; proposal: 101132582).

Declaración de contribución de autoría

Emiliano Abad: Conceptualización, Análisis formal, Investigación, Redacción – borrador original, Redacción – revisión y edición.

Declaración de conflicto de intereses

Los autores de este artículo declaran no tener conflictos de intereses financieros, profesionales o personales que pudieran haber influido de manera inapropiada en este trabajo.

REFERENCIAS

Bauman, Zygmunt. 2017. Retrotopia. Cambridge: Polity Press.

González de Oleaga, Marisa (ed.). 2013. En Primera Persona. Testimonios desde la Utopía. Barcelona: Ned Ediciones.

González de Oleaga, Marisa. 2024. El silencio: La Dictadura en el Delta. Madrid: UAM Ediciones.

Harvey, David. 2003. Espacios de esperanza. Madrid: Akal.

Jameson, Fredric. 1994. The Seeds of Time. Nueva York: Columbia Universiy Press.

Kurlat, Silvia. 2025. “El retorno de la historia: las narrativas distópicas y postapocalípticas argentinas del primer cuarto del siglo XXI.” Revista de Estudios Utópicos, 1 (2): 1-16.

Latour, Bruno. 2005. Reassembling the Social. An Introduction to Actor-Network-Theory. Oxford: Oxford University Press.

Rancière, Jacques. 2007. El desacuerdo. Política y filosofía. Buenos Aires: Nueva Visión.

Rojas Castillo, John. 2005. “La utopía y su posibilidad en el ‘principio esperanza’ de Ernst Bloch.” Polisemia, 1(1): 110-122.

Stavrakakis, Yannis. 2010. La izquierda lacaniana. Psicoanálisis, teoría, política. México: Fondo de Cultura Económica.