Víctor Viñuales
Fundación ECODES España
victor.vinuales@ecodes.org, https://orcid.org/0009-0003-9206-3067
Vida de ricos es un libro corto que obliga a una larga digestión. Suelo medir la calidad de un ensayo por el número de frases que subrayo; subrayo para volver a ellas, para rumiarlas. Y debo confesar que mi ejemplar de la obra de Emilio Santiago está plagado de marcas. Si te preocupa el mundo que heredarán nuestros hijos, este libro es para ti. Léelo. Y después no lo cierres del todo.
El texto aborda el gran dilema que, desde mi punto de vista, paraliza la transición ecológica: ¿nos gusta el futuro previsible y por tanto trabajamos para hacerlo posible, o pensamos más bien que no hay futuro y que luchar por él es un sinsentido?
André Malraux decía que la revolución es el motor de la esperanza. Hoy sabemos que la esperanza está enferma. Y si ella enferma, la voluntad —su hermana— decae también. En las calles del mundo se respira desesperanza, en los libros se lee desesperanza y las almas se acuestan con una profunda desolación. Este libro es, precisamente, un acto de resistencia contra esa desolación.
Emilio cree, y yo concuerdo, que para resolver la encrucijada civilizatoria actual es indispensable dibujar un futuro atractivo en el imaginario colectivo; un horizonte que nos anime a construirlo. Quízás por eso el título del libro juega con tres palabras que habitualmente se emplean para definir la “buena vida”.
Para defender la necesidad de ese porvenir ilusionante, el autor afirma tajante que «el catastrofismo es una actitud moralmente inútil y políticamente contraproducente». Es muy cierto: para activar el motor de la transformación, el catastrofismo ya ha demostrado su ineficacia. Asustar no moviliza; seducir, sí.
Emilio —tras señalar otros intentos de formular el futuro en clave positiva, como la abundancia frugal de Latouche, la economía budista de Schumacher o el vivir bien con menos de Jorge Riechmann— propone una formulación distinta: el lujo comunal. Hace con ello un guiño a la Comuna de París, aunque posiblemente sea un matiz que pocos perciban. El rótulo del horizonte de deseo es importante, pero lo esencial —defendido con vehemencia en el libro— es que necesitamos un deseo colectivo que tire de la voluntad y del entusiasmo común.
Cuando el autor desgrana de qué actividades podría estar compuesto ese “lujo comunal” (el amor, los vínculos comunitarios o familiares, el arte de la amistad, el disfrute colectivo, la música, el baile, la creatividad, el deporte, la curiosidad investigadora...), todas nos resuenan placenteras, casi gratuitas y, sobre todo, con poca huella ecológica. Pregunta inevitable: ¿cuántas de ellas ya forman parte de tu vida? ¿Y cuántas las hemos ido abandonando por el frenesí del consumo? Nuestro planeta necesita que vivamos más levemente y nosotros requerimos de una mayor Felicidad Interna Bruta (FIB).
Esta propuesta emparenta con la vieja aspiración marxiana de recuperar el tiempo libre como espacio de desarrollo humano, y resulta sorprendentemente actual. Aquí y ahora debemos construir con urgencia una economía que haga las paces con la naturaleza, que no la dañe y que contribuya a regenerarla; al mismo tiempo, debemos responder al malestar creciente del alma humana, hoy tan necesitada de ansiolíticos para soportar la realidad.
Frente a un modelo económico en el que “no hay para todos” y por tanto —como dicen Trump y sus monaguillos— “nosotros primero”, la propuesta de Emilio no es la tradicional receta ecologista de “apretarse el cinturón”. Su planteamiento es que la reducción de ciertos consumos puede ir acompañada de una abundancia de satisfacciones y de vida buena.
La lógica de Trump es simple: como no hay para todos, los más fuertes expropian a los demás (sean estos Venezuela, Groenlandia, Irán o los “prescindibles” de la propia sociedad estadounidense). La propuesta de Emilio, en cambio, es cooperar para construir una nueva riqueza compartida, repleta de placeres de bajo impacto.
Reunir las fuerzas sociales para alcanzar ese lujo comunal tiene mucho que ver con el cómo hacer las cosas. Ese “cómo” ocupa buena parte de la reflexión de Emilio, con frecuencia debatiendo con determinados sectores del movimiento ecologista.
El autor critica que la necesaria denuncia de la tecnolatría no debe hacernos caer en su opuesto: la tecnofobia o el rechazo a cualquier adelanto técnico. Advierte también que «la nostalgia por la vida preindustrial es legítima, pero no conviene engañarse al respecto». Esa era también la época de la gran mortalidad infantil y de severas rigideces culturales. Otro error que apunta es la habitual subestimación de la capacidad de innovación del capitalismo; sin entender bien cómo funciona el sistema, es imposible construir alternativas reales.
Me ha gustado mucho que Emilio haga dialogar a Gramsci con el ecologismo. Los avances en la hegemonía cultural de la ultraderecha deberían animar al movimiento a releer al pensador italiano. El libro dice expresamente: «De lo que se trata es de leer nuestros problemas con una mirada gramsciana». La política, nos recuerda inspirado en él, no consiste en traducir mayorías sociales, sino en construirlas, disputando los símbolos y las interpretaciones morales que reinan en el sentido común de una época.
El ecologismo, señala Emilio, con frecuencia destila «una subjetividad minoritaria y un programa radical, incapaz de dialogar con el conjunto de la sociedad para seducirla y desplazar sus creencias». Yo añadiría que el ecologismo no conecta lo suficiente con los antecedentes de nuestra propia tradición. Las cofradías, las hermandades o, en Euskadi, la solidaridad vecinal del Auzolan —el trabajo colectivo y gratuito en beneficio del común— son ejemplos históricos, arraigados en nuestra propia cultura, de ese lujo comunal. No son reliquias: son modelos. El movimiento ecologista haría bien en reivindicarlos como propios, porque el cambio que necesitamos no viene de cero: está enterrado en nuestra memoria colectiva.
Asimismo, Emilio ajusta cuentas con un término que ha hecho fortuna: el decrecimiento. Recuerda con razón que la transición exige que algunas actividades desaparezcan, pero que otras —como las energías renovables o la rehabilitación bioclimática de viviendas— se incrementen. Emplea una metáfora muy pedagógica: se trata de perder grasa relacionada con la industria fósil y ganar masa muscular en forma de ferrocarriles, viviendas dignas y carriles bici. El déficit de metáforas adecuadas en el ecologismo es un gran lastre para explicar tanto lo que ocurre como lo que debería ocurrir. Por ello, sentencia que «el objetivo de un ecologismo político con mirada gramsciana debe ser articular una amplia coalición poscrecimiento».
Me hubiera gustado, no obstante, que el autor dedicara más atención a profundizar en el método para articular dicha coalición. Se dicen cosas interesantes, como el llamamiento a valorar la “correlación de fuerzas”, pero creo que en este punto debe decirse alto y claro que sin las empresas esa articulación poscrecimiento no será posible.
En España, pensando en términos numéricos, hay aproximadamente medio millón de personas en ONGs, 3 millones en el sector público y 21 millones en el sector privado. Es una ilusión pensar que una alianza exclusiva de “onegeros y funcionatas” resolverá esta encrucijada. Necesitamos los talentos, los recursos y la capacidad de innovación que atesora el entorno empresarial. Es verdad que requerimos de un sector privado que revise su genética, pero ese nuevo modelo ya está emergiendo: ahí está la pujante economía social (cerca del 10% del PIB), la Economía del Bien Común o el movimiento B Corp. Que el ecologismo asuma que la empresa solo sirve para maximizar el interés del accionista es regalarle una victoria a la ideología empresarial más rancia.
En esta alianza multiactor son fundamentales las administraciones públicas, las empresas, la academia y el tercer sector. Estas sinergias deben anclarse en cada territorio, asumiendo localmente el programa común de la humanidad y cooperando de forma interregional.
En ese escenario de futuro deseable, concuerdo plenamente con Emilio: el trabajo compartido consiste en crear ese “lujo comunal”. Además, en esta era donde la Inteligencia Artificial amenaza tantos puestos de trabajo, la centralidad de los barrios y los vecinos se convierte en un excelente antídoto contra las probables turbulencias de salud mental que la tecnología traerá a nuestras sociedades.
Al acabar mi reseña, vuelvo al principio: este es un libro corto de digestión larga. Haríamos bien quienes intentamos mejorar el mundo en establecer conversaciones de calidad para debatirlo. El autor no solo describe el presente, lanza propuestas. Y las propuestas que no se debaten se marchitan. Así que: ¿con quién vas a hablar de este libro esta semana?
Declaración de contribución de autoría
Víctor Viñuales: Conceptualización, Análisis formal, Redacción – borrador original, Redacción – revisión y edición.
Declaración de conflicto de intereses
El autor de este artículo declara no tener conflictos de intereses financieros, profesionales o personales que pudieran haber influido de manera inapropiada en este trabajo.